Más vueltas, más vigilancia sobre los rivales, más atención en los peraltes, la quinta velocidad para puntuar. Las piernas le respondían; la cabeza, también. Llegó a Pekín, sin un palmarés de temporada como para lanzar cohetes; de hecho, no entraba entre los favoritos. Para la gente del ciclismo español sí lo era. «Llaneras es un cheque al portador, un valor seguro», decían.
Y sigue la estela de la escuela balear, donde Guillermo Timoner, seis veces campeón del mundo tras moto, dejó impronta y escuela. Ahí está Llaneras, y Tauler, y tantos y tantos más. Donde hay velódromos crecen las medallas, aunque en algunos, semiabandonados, sólo crece la mala hierba.
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