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| El arte de morirse |
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AL cementerio se puede subir en coche, en moto o en autobús. La línea 13 muere allí. Se puede ir a enterrar a un familiar (no es lo deseable), a dar el pésame a algún conocido (tampoco es misión grata) o simplemente a pasear por el camposanto y ver las esculturas funerarias de la época romántica que allí se exhiben. Esto último sí puede resultar relajante ya que, a pesar de que muchos no lo crean, los cementerios transmiten tranquilidad y junto a la instintiva repulsión que suscitan, te abren la curiosa morbosidad de estar vivo.
Desde hace un mes aproximadamente, se ha puesto en marcha unas visitas guiadas en las que los visitantes pueden contemplar aquellos túmulos que están rematados por trabajos de escultores. A la entrada, se puede recoger en un expositor una especie de guía en inglés y en castellano. El turista luctuoso coge uno y se dispone a hacer el recorrido.
El turista que quiere hacer el recorrido ha leído lo que el profesor Juan Antonio Sánchez López ha escrito sobre los camposantos: «Quien traspasa las puertas de un cementerio cruza el umbral de otro mundo. Desde la atmósfera que respiramos, a los sonidos que oímos, al nublarse de la mirada que nos hace ver las cosas que en realidad no son, la visita a un camposanto histórico sigue siendo una experiencia intensa para el individuo de hoy». El turista está de acuerdo. Ya ha visitado otros cementerios (el de Buenos Aires, el de Liverpool o el de Praga) y ha comprobado que hay necrópolis que te cuentan muchas historias y que, a pesar de lo que digan, recorrerlos resulta gratificante para el alma. El turista ya llevaba cierta información sobre este programa de visitas. Se la facilitó José Antonio Muñoz, el gerente de Emucesa:
Tamara le comenta al turista que hasta ahora poca gente se ha interesado por las visitas guiadas, pero ella cree que porque todavía es pronto, no las conoce la gente y porque, además, hace mucho calor.
El turista, nada más entrar, constata que la esculturas que hay en el patio primero constituyen todo un ejemplo de testimonio de la cultura funeraria del siglo XIX. Son las más antiguas y seguramente las más llamativas. Allí está, por ejemplo, la escultura del panteón de Melchor Almagro, que no tiene cruces ni símbolos religiosos, sino trébedes y calaveras. Fue hecha por Agustín Querol Subirats, que fuera el gran escultor oficial del momento junto a Mariano Benlliure. En la reproducción en bronce del rostro del famoso político granadino, con poblado bigote y pulcro peinado con raya en medio, nos viene a decir que era un individuo enérgico e inteligente.
El panteón de la Familia Rodríguez Acosta tiene un ángel, esculpido por Enrico Burtti, de dulce mirada pétrea y en de la familia Vílchez Díaz de la Guardia una joven que se agarra a la cruz que supone el sufrimiento de seguir viviendo sin la persona querida.
Aunque una de las esculturas que más atraen al turista, es el conjunto correspondiente al mausoleo de la familia Montes Escobar. Son dos niños y dos niñas de distintas edades que, con gestos apesadumbrados, se disponen a arrojar flores son la tumba de sus progenitores, es de suponer.
En el recorrido, el turista observa que hay muchas tumbas con esculturas tumbadas. Son los que Juan Antonio Sánchez dice que son los guardianes del sueño eterno. «Estos centinela de ultratumba permanecen absortos y abstraídos en sus pensamientos, hasta el punto de parecer ausentes del mundo e indiferentes a todo y a todos», dice el profesor.
Al patio segundo se le conoce por el de los ángeles, seguramente por la gran variedad que hay en él en diferentes formas y posturas. Guardan las tumbas de las familias Murillo, Millares. Trujillo y Lozano Castillo. También está, reflexivo, como si estuviera pensando en el titular de una crónica, el de la tumba de Luis Seco de Lucena.
A mitad del recorrido, el turista se pone a hablar con Miguel, que lleva más de 20 años cuidando del llamado Señor del Cementerio. Miguel lo cuida porque quiere y dice que nadie le ha dicho que esté allí, pero es donde mejor se encuentra. Miguel le cuenta al turista que el famoso Señor del Cementerio, el milagroso, ha tenido que se restaurado porque de tanto tocarlo «la gente lo ha estropeado». La historia de esta escultura está resumida en el folleto turístico. Al fallece el célebre médico y filántropo Manuel Rodríguez Torres, se produjo una espontánea afluencia de personas a su tumba para manifestarle gratitud por la entrega y dedicación que el difunto había prestado en vida a los más necesitados. Con el paso del tiempo las oraciones que los fieles dedicaban por el alma del difunto terminaron dirigiéndose a la escultura neoclásica del Cristo despojado de sus vestiduras que preside el panteón. Poco a poco se fue conformando la creencia popular de que el Cristo hacía milagros, convirtiéndose en un lugar de peregrinación.
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